Cuentos neorrealistas
MARGINALIDAD Y DERROTA EN SANGUAZA, DE JUAN RODRIGUEZ PEREZ
Si se pudiera esbozar un mapa de la literatura peruana de la violencia
del migrante, del invasor de terrenos, y su lucha por subsistir en una ciudad
de más de un millón de cabezas, sin ninguna duda el panorama sería amplio,
diverso, y, porque no decirlo, polémico. Y es que la literatura como reflejo
social es una vertiente que tiene amplia difusión aquí. Sin embargo, aun entre
esa corriente –sea en cuentos o novelas, encontraríamos diversos matices. Un
cuento como “Los gallinazos sin plumas” es distinto de un cuento de “Los
inocentes”; o un cuento de “Lima hora cero” difiere notablemente de “Montacerdos.”
En algunas la violencia está matizada; en otras, exaltada. Pero eso sí, muchas
retratan el derrotero que ha seguido la población migrante en la ciudad, y su
lucha por acomodarse y enajenarse en el mundo urbano que lo mira con rechazo. Sanguaza, libro de cuentos de Juan
Rodríguez Pérez, se enmarca en esa corriente, y se emparenta más con “Lima hora
cero”, del escritor Enrique Congrains Martin. Al igual que él su libro es un
compendio de las vivencias del migrante, de su terrible lucha por vivir y
resistir. Sus personajes son antihéroes, y apenas están matizadas por la límpida
prosa del autor; este no se calla nada, muestra todo. Desde la degradación en
la delincuencia hasta la subsistencia por la prostitución, el abuso y el crimen.
Una mirada terrible es la que nos muestra, una violencia descarnada, la de
aquellos que no han logrado acomodarse y sucumben a la asfixia social. El
cuento que da título al libro, “Sanguaza”, empieza así:
Nosotros fuimos los primeros en llegar al
barrio confundiéndonos con el polvo del camino y los raigones de maíz que
sobresalen como tétricas lanzas enterradas, resecadas por el sol y el viento
caliente del verano. Llegamos por separado, pero cada uno dibujó la misma
sonrisa al encontrarse con los montículos de tierra y una pequeña choza techada
con palos de bambú y forrada con bolsas plásticas cubiertas de barro y piedra
para que el viento y la lluvia del invierno no la fueran a destechar.
Y el relato prosigue con las vivencias de los moradores en la falda de
un cerro que de pronto ven trastocados su orden por la llegada de una familia
agresiva, violenta.
Todos se fijaron en ellos como si llegaran
de otro planeta. Desde el principio les agarramos temor. “Pichán” era un tipo
fornido, con aires de bravucón; complementaba las órdenes que daba a sus
hermanos levantando algunas de sus cejas. Si no le hacían caso lanzaba un grito
de animal camino al sacrificio. Su valentía se amparaba en ser mayor que
nosotros por tres o cuatro años y en el apoyo que le brindaba su madre, una
morena que carajeaba a cada uno de sus hijos de lo más lindo, incluyendo a un
tipo que tenía como amante.
Los adolescentes se ven obligados a pelear con los recién llegados
para defenderse, aunque después entablan
relaciones menos agresivas con ellos:
Fue por esa época que descubrimos que las
dos hermanas de Pichán no usaban calzón. El primero en notarlo fue Coco, una
tarde que jugábamos a las canicas con ellas, quien se quedó prendido, con los
ojos vergonzosamente abiertos, sin atinar a nada.
………………………….
Hacíamos turnos para mirarlas y saltar como
canguros alocados sin que ellas pudieran entender nuestra angustia….
Y tal vez nunca se hubieran dado cuenta a no
ser por la aparición inoportuna de Pichán.
……..
Ahí se armó la buena. Pichán nos recordó a
nuestra madre como se le vino en gana y a ellas las llamó de putas y
recontraputas, mientras las iba jalando del pelo e intentaba introducirlas a su
casa. Corrimos hasta la esquina esperando escuchar los gritos a que nos tenía
acostumbrados. Pero lo que se escuchó fueron carajos que largaba la hermana
mayor, opacando la voz de Pichán: “¿Y que tiene? ¿acaso me van a comer? ¡Los
ojos se han hecho para mirar, negro huevón!”
Pero hay más historias, 14 en total, casi todas marcadas con la
tragedia; algunas atenuadas por la ironía y la maestría para narrar que tiene
Juan Rodríguez Pérez. Eso lo que hace que asistamos arrastrados a este
espectáculo variopinto de personajes populares, compadeciéndonos, en alguna
historia de la penosa suerte que nos muestra su autor. Es, digamos,
parafraseando una etapa del cine italiano, una suerte de neorrealismo
literario, crudo, con angustias, de seres sin voz, parecidos a los personajes
de “La palabra del Mudo”, solo que estos han caído más bajo; no son seres
fracasados o temerosos, son marginales que viven, en algunos casos, fuera de la
ley, sin ningún poder de redención. A esa faceta de la realidad, Juan Rodríguez
Pérez nos ha obligado a mirar, como recordándonos lo que ha sido la formación
de los distritos periféricos de Lima, y resaltando que, en arte, hasta lo
grotesco y repelente puede ser retratado por ésta.
La Literatura y la Historia, mediante la mano maestra de Juan
Rodríguez Pérez, una vez más se dan la mano.
Lima, 31 de julio de 2015
Jack flores vega
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