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martes, 24 de enero de 2017

ASÍ TIENE QUE SER O LA MODERNIDAD SIN HÉROES, EN LOS CUENTOS DE JACK FLORES


“Así tiene que ser” - o la modernidad sin héroes en los cuentos de Jack Flores Vega
Acaso seremos el medioevo de una futura modernidad, reflexionaba Octavio Paz, pero el medioevo que nos acoge no está como antes lleno de caballeros, de princesas y de gestas. Los tiempos han cambiado bastante desde la “Morfología del cuento” publicada por Valdimir Propp; la globalización ha homogeneizado a todos; tanto a los escritores como a los personajes. Hay escasez de héroes, y más bien pululan una especie de anti-héroes. Nada de eso incluso nos conmueve, a pesar de que forman parte de nuestros actos y limbos cotidianos.
En ese marco aparece Jack Flores con “Así tenía que ser”, su nuevo libro de cuentos, esta vez dirigido a un público adulto, cuyas historias, fruto de su destreza narrativa, nos presentan una lánguida atmósfera en la que sus personajes intentan materializar sus diferentes planes de vida; estos intentos, son descritos con esa habilidad que Jack nos ha sabido entregar desde sus primeros libros.
Jack Flores Vega ha venido publicando libros de cuentos, como “Lecciones para un suicida”, y “La casa de Arguedas”, dirigidos a un público adolescente, e incursionó con acierto en la literatura infantil con “El gallito que leía periódicos”, además de una novela corta “Diario de Batalla”. Por esa fecha surge, entre las gratas tertulias y encuentros literarios, la intención de Jack de publicar una novela de contenido más serio. Luego de leer los cuentos presentados en “Así tenía que ser”, algo me dice que Jack se encuentra muy cerca de lograrlo.
En el primero de los cuentos, “Vidas extrañas”, el Dr. Fausto busca refugio en su clínica odontológica para olvidar su reciente y trágico divorcio y de todos sus sueños truncados, distrayéndose con las historias de sus clientes y amigos. El cortejo de Fausto a su asistente Marlene nos rememora esa maestría narrativa de Flaubert (como todo buen escritor Jack es un buen lector, y esa acumulación de técnicas se demuestra en sus obras). Aquella escena del hipódromo, que se enlaza con el final del cuento, no dejará a nadie impasible.
Los siguientes cuentos: “De todo” y “En la ventana” son apenas una muestra de lo que esperamos ver en la prometida novela que prepara Jack, dos historias rescatadas de la cotidianidad por el escritor. La literatura, a decir de Octavio Paz, está enamorada del instante, tanto así que lo perenniza. Una pollada de barrio y las maromas para llegar a fin de mes, y de paso intentar trascender por encima de lo común, sinónimo de lo “real”.
En “Pobre Ballena” Jack luce esa habilidad que ya le conocemos desde sus primeros libros. La narración en segunda persona es precisa, y casi logra lo que uno busca cuando se anima a escribir cuentos: construir personajes que parezcan reales, hasta el punto de hacernos sentir parte del momento narrado.
De acuerdo a algunos detalles y por el manejo de sus argumentos (“episódicos”, según Aristóteles pero acertados en narrativa al fin y al cabo), podríamos considerar tanto a “Una noche en Huancayo” y a “La telenovela” como dos relatos de cierto corte fantástico.
Pero es el cuento “Así no tenía que ser” el que nos muestra la nueva veta que Jack abre con este libro y de seguro desarrollará en su próxima novela. El abogado Martín Ramos Ponce ve sus ilusiones deformadas y no tiene más que aceptar esa realización bizarra de sus deseos ( “Ay del que realiza su deseo”, nos alertaba Martín Adán); esa “resignación” es ahora típica de la nueva fauna literaria. Inclusive los personajes de Ribeyro eran más una especie de caballeros retirados y no ganaban gestas sino apenas sobrevivir.
El último pero no menos simpático de los cuentos, “Así tenía que ser” narra de igual manera la resignación de Álvaro de seguir adelante en una relación al no poder estar con Ángela, la hermana menor de su reciente pareja. Precisamente son las conversaciones que se sostienen en los textos de Jack las que van revelando incluso hechos y motivaciones (visos de Hemingway y Reynoso) que al final desencadenan contradicciones en el pensar y el accionar de sus personajes.
Mientras se iba modelando este artículo, surgieron varias discusiones en torno a la necesidad y/o trascendencia de los diálogos (aparentemente triviales ) en los textos narrativos. Nada que Wittgenstein o Van Dijk no hayan intentado resolver desde los campos de la Linguística y la Filosofía. Recordemos entonces que sí, que al final los diálogos cotidianos alcanzan mayor trascendencia que los entredichos académicos por estar más relacionados con el mundo real.
¿Cómo tienen que ser las cosas? El libro de Jack Flores me trajo a la mente las palabras del patrón en “El sueño del pongo”, de José María Arguedas, y como hemos visto en el análisis de algunos cuentos suyos (justo aquello que nos captura y nos divierte) la cosas para los personajes de Jack no salen nunca así como tenían pensado. Las cosas son (o no son) como son, (pero cuidado, dijo platón) o como deberían ser (o haber sido, otra vez Aristóteles) siempre en manos de los escritores. A leer, pues.

                                                                                                                                  Elio Osejo

                                                                                                                                         Escritor 

jueves, 12 de enero de 2017

CONVERSACIONES CON EL MAR, POEMARIO DE TEOFILO VILLACORTA CAHUIDE


CONVERSACIONES CON EL MAR, DE TEÓFILO VILLACORTA CAHUIDE



Hay artistas que son multifacéticos, que abarcan distintos campos en el cual manifestarse, y que, sorprendentemente, lo hacen bien. Claro, en algún campo descuellan muy rápido, en otros campos el proceso es lento, como si necesitaran catalizar distintas fuentes de energía; sobretodo si es energía o inspiración que viene desde el mar. Teofilo Villacorta Cahuide, o simplemente Cahuide, para los amigos, es profesor, narrador, pintor –género en el que descuella desde hace lustros- y también poeta. Autor que poco a poco ha ido incursionando en el difícil arte poético hasta hacerse de una voz propia y de un dominio estilístico ganado a pulso. Es una especie de Tola del pueblo, que no contento con regodearse con la pintura, lo hace también con la poesía o la narrativa. Su última producción poética Conversaciones con el mar, es un conjunto de poemas inspirados en su natal Culebras, su puerto frente al mar; de ahí evoca sus vivencias como pescador, y sus pasiones y temores:

Culebras, cuando te derriben las horas crudas
Como el viento de filudo cuchillo
Como estaca loca arderá la pena en mi pecho.
Tus aguas de sangre hervirán
En las fosas abiertas de mi cuerpo
Y mi alma se perderá
En la oscura senda de la noche.

El libro es una evocación, una remembranza a esa parte de su vida, una especie de paraíso perdido a la que el autor tiene que recurrir para no sentirse desarraigado. Y habla con el mar:

Desde este añoso muelle
Donde las olas golpean desesperadas
Pienso y hablo con el mar
Pienso en los ríos que lavaron mi sudor juvenil
Llevándolo hasta la marea más alta de la memoria
Y siento como si volviera a nacer
De los desastres del alma
En las mañanas abandonadas
Entre huesos rescatados de un naufragio.

Evoca el mar, la hermana, la hija, la mujer; a esta última nombra más en los últimos poemas del libro,

Hoy que vuelves como las blancas olas
Impulsada por el tiempo
Mis ojos han esculpido tu cuerpo
En la fría sombra del recuerdo
Y has danzado en mi pecho
Con esa pena irrebatible
Con la que un día cortaste mi alegría.

En otro poema nos vuelve a decir:

Si pudiera reproducirte miles de veces
Con la alegría de aquel verano inolvidable
En que exploré la mansedumbre de tu cuerpo
Haría con mi carne tu nueva imagen
Para llevarte siempre conmigo.

Haría una ciudad con un fragmento de tu nombre
Y tu corazón sería el árbol religioso
Que multiplique sus hojas en cada oración.

Si pudiera reproducirte miles de veces
Haría con mi sangre un impetuoso río
Para que la flor de tu cuerpo vuelva a brotar.

Con un ritmo pausado, como olas que se acercan a la orilla, el poeta va desgranando sus versos y vivencias, evocando su mundo frente al mar, conversar con este sobre el amor y los sueños.

Conversaciones con el mar, del artista multifacético Teófilo Villacorta Cahuide tiene, pues la singularidad de ser un poemario cuasi autobiográfico, donde se ve la mano diestra del autor, el uso personal de la metáfora y las vivencias casi, casi, nostálgicas.


Felicito a Cahuide por este nuevo logro y su consolidación como poeta de aire marino.
Un abrazo.

                                                                                                                                        jack flores vega


                                                                                                                Lima, 12 de enero de 2017

jueves, 18 de agosto de 2016

LA ENCINA Y LOS AÑOS, POESÍA DE SERGIO CASTILLO FALCONÍ



             LA ENCINA Y LOS AÑOS, POESIA DE SERGIO CASTILLO FALCONÍ


¿Qué podemos decir un poeta que ha pasado ya el medio siglo de vida y aparece, entre distintos vaivenes literarios, con su ramillete de poemas para mostrarlos a todos? Para quienes degustamos de la poesía sabemos que un poeta de madura edad, o repite lo que ya ha dicho en anteriores textos o brinda algo nuevo  del momento que le está tocando vivir. Esto ultimo  parece ser el caso del poeta horazeriano Sergio Castillo Falconí, de Jauja, y su manojo de poemas: "La encina y los años." Pequeño, breve, pero grande en intensidad y altura, y amplio en abstracción y conocimiento es su poemario, "La encina y los años", recién dado a conocer.

                Tengo
                              un cuaderno
                                                          de poemas:
lirio estrellado,
                    alta hierba que
                                                   me  
                                                           contempla.

                     Chompa azul que flota
que adivina
los hastíos,

                       calígrafa de longos salones.

¿Cuál es su propuesta poética? Ahí está, en los versos que discurren de un extremo a otro, tratando de insertarnos en su yo poético. La encina, poema con el que se abre el poemario, tiene distintas imágenes y significados.

   Existe el árbol           antes que yo
        Inicia                        trasforma
De oro al hombre                  de ojos a la flor
                   De la piedra al ave;
                            Porque

             El hombre es tiempo y no yo.

Decía el poeta Octavio Paz que la unidad de la poesía no puede ser asida sino a través del trato desnudo con el poema. Y también se preguntaba si no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida.  
Y algo de esto es lo que hace Sergio Castillo: desnudarse, y hacer poesía con su vida.

                             Ya no vendré
Como viejo canario
                                                       a soltar el trapo
 Del canto
                                                                de plumas.
Quizás me olvide
                                                  a la piedra cansada,
a las fatigas del fuego
                                       a las fronteras de la encina.
A la sombra y la luna.
Anhelo de lograrme
                                    retirado
                                                       entre tanto goteo:
                                  árbol y ruido.

Intensa  y bella poesía es la que nos brinda Sergio castillo, nos golpea y nos regocija, nos regala ese aliento poético que nos estremece; como en estos versos que se tiñen de tinte oriental, parecido a haikus o poesía zen:
 ........
y a lo lejos, tréboles caen,
                                            resplandor, cielo de aldea,
                        ¡el solo musitar de hojas!

Felicitaciones al poeta, y que nos siga regalando su espíritu y su presencia en los distintos rincones del país donde lo encontremos.

jack flores vega
Lima, 18 de agosto de 2016

jueves, 25 de febrero de 2016

NUEVAS AVENTURAS DE LOS MATAPERROS, DE HECTOR MEZA PARRA


Literatura juvenil de Tarma
NUEVAS AVENTURAS DE LOS MATAPERROS, DE HÉCTOR MEZA PARRA


Una buena obra literaria tiene algunos ingredientes comunes: nos hace rememorar, nos inspira, o nos dibuja una sonrisa en lo más profundo de nuestro ser. Vivimos, por un momento, alejados del presente para sumergirnos en esa vorágine de ficción y verdad, en esa aventura que, por lo dramático, tierno o cómico solemos acompañar, porque de algún modo nos identificamos con esta, de algún modo tiene esa historia que leemos algo de nosotros. Hago este preámbulo después de leer la segunda parte del libro juvenil Nuevas aventuras de los mataperros, del escritor tarmeño Héctor Meza Parra. Si la primera parte de Los Mataperros fue entretenida, tierna, simpática, edificante, no lo es menos esta segunda parte. Héctor Meza Parra despliega una prosa sencilla y una ternura, un ludismo, y combinado con sus remembranzas juveniles ha armado su pequeña sinfonía novelesca. ¿Qué tiene en común con nosotros esta corta novela de tres adolescentes que hacen travesuras en casa y fuera de casa haciendo renegar a sus familiares? Bueno, la respuesta sale sobrando. Los tres muchachitos, Ángel, Elver y Lucho nos transportan a esa parte de la adolescencia donde todos, de algún modo, hemos hecho travesuras. Héctor Meza Parra ha recordado a su ciudad natal, Tarma, y ha recreado las travesuras de estos tres mataperros -que con toda seguridad algunas de esas travesuras son suyas-, haciéndolos revivir en nosotros. ¿Quién no le ha jugado una broma –cruel a veces- a un familiar, a una abuelita –como lo hace Ángel, el protagonista principal, escondiéndole la dentadura postiza para luego colocarla en un melón donde ha dibujado un rostro? ¿o quien no ha jugado con una llanta desusada de automóvil corriendo tras ella haciéndola girar? Ángel, el protagonista, lo hace, introduciéndose en la abertura de una llanta grande y haciendo que sus amigos la hagan girar con él en el medio hasta deslizarla por una pendiente donde nadie la pueda controlar, llenándolo de pánico. Es simpática esta obra, que a la vez que nos cuenta las travesuras de estos mancebos, vamos viendo las costumbres de una ciudad que con el transcurrir de los años habrán cambiado. El autor rescata eso y nos lo muestra para tener una idea de aquellos años… Como la primera parte, esta también tiene un final tierno: el momento en que Ángel, el muchachito, tiene los primeros escarceos amorosos por la presencia de una chica –Carolina- que corresponde a las inquietudes del muchacho.
Después fuimos a sentarnos en muro. Estábamos en silencio, sin saber qué más decirnos. Pero ella se limitó a apoyar su cabeza sobre mi hombro derecho. Estuvimos así por media hora, sin preocuparnos del frío ni el hambre. Observábamos las estrellas y las gotas de lluvia a trasluz de los faroles en la huérfana noche.           

Es buena la obra porque el autor es sincero en su sentir. De allí su éxito. Una prueba más de que se puede hacer una buena obra infantil o juvenil sin necesidad de recurrir a dragones, caballos sin cabeza o brujas con sombrero de punta algo que no corresponde a nuestra realidad. El autor, Héctor Meza Parra, con su libro Nuevas Aventuras de los Mataperros nos da un buen ejemplo de lo que es una buena literatura, autóctona y con dotes de perennidad. Esta segunda parte de Los Mataperros -al igual que la primera- quedará para la memoria colectiva de los lectores. Bien por el autor, y por el país.

Jack flores vega

Lima, 24 de febrero de 2016  

domingo, 22 de noviembre de 2015

NINATA RAWRARICHISUN, DE NORA ALARCÓN


Poesía quechua
LLANTO Y ESPERANZA EN NINATA RAWRARICHISUN, DE NORA ALARCON



No es sencillo comentar un texto escrito en quechua, menos aun comentar poesía quechua. Pero tampoco es posible resistirse y no sentirse enternecido por el sentimiento que emana de  esta poesía ancestral, telúrica. Nora Alarcón ha escrito poesía en quechua, idioma autóctono de los habitantes del ande, y se ha sumado a la persistente corriente del puñado de artistas que escribieron y escriben en este idioma. Es su resistencia, su lucha por el rescate de la gran nación quechua, y por su identidad; lucha tantas veces pregonada y tantas veces llamada a su recuperación, pero casi siempre en la misma condición: la del olvido. Y  es ahí cuanto la poeta Nora Alarcón eleva su voz:    

Cuánto sufrimiento nos trajo
El habernos vuelto parias de pronto,

Quienes nos escuchan por favor oigan nuestros quejidos
Aun cuando el ventarrón nos torne mudos.
Por tanto tiempo permanecimos callados a la mirada de
                                                                        todos los pueblos.


Y su voz, mezcla de llanto y júbilo, de amor y dolor, de ternura y hondo lirismo se deja oír,  aun cuando nos cueste entender este idioma que lleva siglos de vitalidad, y que se niega a quedar postergado, a pesar de la globalización y de tantas corrientes extranjeras que no han podido anularla:

Manawañukuqmi kani
Yaninmi musquyniypi weqochuyki hina
Pampapi uchkupuyki chayllapi puñuykachinaypaq

Manaraq wiñaypaq ripuchkaptikim
Uyaykita kaq qawapayani,
Hina kaqllam rikchakun
Paqarimuchkaq qantu wayta niraq.

(Soy aquel que no muere
A veces en mis sueños cual tu panteonero
Cavo tu tumba para ponerte a dormir en ella.

Cuando aun no has partido para la eternidad
Vuelvo a acariciar tu rostro con mi mirada
Tiene el mismo aspecto
De la naciente flor de cantuta.)

Hay ternura y esperanza en esta poesía de Nora Alarcón, que no se queda solo en la queja, sino que abarca la contemplación, la descripción, el verso libre, la prosa. Y revoloteando en torno a los versos, está el espíritu de la poeta.  

El tiempo ha endurecido nuestras almas,
Sobre este cerro podemos ver la quinua tornarse de mil
                                                                                          colores.
Tal vez la jovial chicha ablande nuestros corazones,
Del mismo modo la tierra madure el vientre de los que
                                                                            en ella viven,
Que haga que florezcan en un gran nacimiento.
Con este fresco aliento de las lluvias ha retornado la primavera,
Mi coca quinto ten la bondad de contarle a esta ciega,
si mi querida madre volverá
Para la fiesta de la Virgen de Cocharcas

Poesía andina, poesía quechua, poesía de fiesta. Siendo los andes la piedra angular sobre la que se asienta la estructura de nuestro país, ¿por qué no la hemos revalorado? Habiendo las costumbres andinas copado casi todo el territorio, ¿por qué no la hemos enaltecido manteniendo su lengua? Hoy la vemos palidecer, temblequear, sirviendo casi de adorno para el sistema educativo. Y la bendita identidad, ¿no tiene su crisis en esta negación del idioma autóctono?

Repito, no es fácil comentar poesía en quechua, aunque el legado que dejaron poetas antecesores nuestros, como el amauta José María Arguedas, o el poeta Killku Waraka, o el recién fallecido Efraín Miranda sea una prueba de que seguirán persistiendo.

Soy el canto floreciendo
En el corazón de una guitarra,
Alguien que canta contra la muerte de un idioma.
Fui semilla quechua plantada en la tierra,
Libremente junto al arroyo del deshielo,
En un campo de colores
Solía correr noche tras noche
Persiguiendo luciérnagas.

Nora Alarcón, al igual que los poetas quechuas que la precedieron, parece decirnos, con orgullo: todavía somos, todavía existimos, seguimos siendo.

Y no la podemos contradecir, sobretodo al leer esta poesía de su libro Ninata Rawrarichisun; un buen texto, sin lugar a dudas.  

Lima, 20 de noviembre de 2015


Jack flores vega

jueves, 15 de octubre de 2015

HOSTIAS DEL MAL, DE CHRISTIAN RIVERA


POEMARIO
PRÓLOGO A HOSTIAS DEL MAL, DE CHRISTIAN RIVERA


“La poesía se descarna y reencarna con los siglos”, dice uno de los versos de hostias del mal”, poemario de Christian Rivera Rojas. Y es que estamos ante la revelación de una voz que proviene de fuentes clásicas, y que sabe transitar en las distintas temáticas que fundaron la Modernidad en la Literatura Universal. Desde que un francés muy culto se dedicó a desestabilizar el establishment literario de su época, Charles Baudelaire, tocar los calcinantes temas del amor, de la soledad y de la urbe, dejaron de ser problemas idealistas para convertirse en carne y podredumbre: se constituyó una metafísica del mal.

En esta ópera prima de un joven poeta peruano, podemos apreciar un saber acoger las influencias de sus lecturas, tanto como para violentarlas como para resemantizarlas. Pero más allá de su solvencia en el conocimiento de la Tradición poética universal, desde los griegos hasta los beatniks, atravesando el Sturm und Drang alemán y la poesía maldita francesa, tal como sugiere el título del libro, y, aparte de su destreza para manejar los recursos estilísticos y técnicos de la poesis, encontramos en esta poesía una mirada atenta y segura no solo de los aspectos sentimentales del poeta, sino también(y que bien puede articularlos entre los textos) de esas moradas ignotas y escabrosas de la animalidad del desintegrado “ser humano”; es decir, de aquellos avatares tecnológicos en que la humanidad discurre hoy en día.

Como antítesis del mal, quizás la pureza del símbolo católico, encargada en la hostia (asociada al cuerpo del libro, al desborde de poemas),represente esa ilusión que hemos perdido debido a la racionalidad y el pragmatismo que mueve al mundo de hoy; un hoy sin fe ni espiritualidad, en el que,(solo) gracias a unos pocos genios, la tecnología da pie a que el salvaje humano despliegue su irracionalidad disfrazada de futuro, para (servir al) exterminio de la naturaleza, aquella naturaleza que parece que ya hemos perdido: el anhelo de trascender (de todo artista). Pues, ciertamente, hay una denuncia aquí, en esta poesía en donde palpita la rebelión.

Y es que solo las hostias (los poemas: el cuerpo del poeta) quedan en un mundo sin Cristo ni apóstoles.

La poesía se descarna, se cuestiona a sí misma, se autoparodia, se arroja al abismo, por eso mismo, para dar al mundo su grito, su protesta, su lírica visceral y solidaria. Es el abrazo vallejiano, es la máquina sublime de Eielson, es la soñada coherencia de Luchito Hernández y la vox horrísona de Juan Ojeda. El poeta, hoy en día, no hace sino caminar hacia su “desterrada fe/ de oníricas aguas”, a través del tiempo (siempre el tiempo, la conciencia de lo efímero), para hablar por los que no pueden hacerlo (el que ignora lo que ignora, o el que sabe lo que otros ignoran y no tiene palabra). Todo joven poeta es Rimbaud: eso es el “Yo es Otro” del joven poeta de Charleville. Y aquí estamos leyendo a Christian Rivera Rojas, que proviene de la Universidad La Cantuta, vergel de poetas como Cesáreo Martínez, como los poetas del grupo Estación 32.

La Cantuta siempre ha albergado a poetas en eucaristía; allí he sido testigo y amigo de varios grupos que han surgido en estas últimas décadas. El aire es más limpio, el sol más radiante, el agua del Rímac aun transparente, y la conciencia como un espejo de su entorno: clarísimo. Me alegro que la educación, allí, esté muy ligada a la creación, a la liberación de la imaginación, de la crítica y la belleza.

Por eso, quiero dar un saludo, a través de este texto introductorio, al novel poeta Christian Rivera Rojas, autor de Las Hostias del mal, quien es uno de los buenos valores que han aparecido últimamente. Una poesía sin ímpetu no es poesía. Aquí el lector habrá de sentir la explosión de un espíritu pleno de aventura y sediento de conocimiento.




Miguel Ildefonso
Portada del Sol, 2015

viernes, 31 de julio de 2015

SANGUAZA, DE JUAN RODRÍGUEZ PÉREZ


Cuentos neorrealistas
MARGINALIDAD Y DERROTA EN SANGUAZA, DE JUAN RODRIGUEZ PEREZ


Si se pudiera esbozar un mapa de la literatura peruana de la violencia del migrante, del invasor de terrenos, y su lucha por subsistir en una ciudad de más de un millón de cabezas, sin ninguna duda el panorama sería amplio, diverso, y, porque no decirlo, polémico. Y es que la literatura como reflejo social es una vertiente que tiene amplia difusión aquí. Sin embargo, aun entre esa corriente –sea en cuentos o novelas, encontraríamos diversos matices. Un cuento como “Los gallinazos sin plumas” es distinto de un cuento de “Los inocentes”; o un cuento de “Lima hora cero” difiere notablemente de “Montacerdos.” En algunas la violencia está matizada; en otras, exaltada. Pero eso sí, muchas retratan el derrotero que ha seguido la población migrante en la ciudad, y su lucha por acomodarse y enajenarse en el mundo urbano que lo mira con rechazo. Sanguaza, libro de cuentos de Juan Rodríguez Pérez, se enmarca en esa corriente, y se emparenta más con “Lima hora cero”, del escritor Enrique Congrains Martin. Al igual que él su libro es un compendio de las vivencias del migrante, de su terrible lucha por vivir y resistir. Sus personajes son antihéroes, y apenas están matizadas por la límpida prosa del autor; este no se calla nada, muestra todo. Desde la degradación en la delincuencia hasta la subsistencia por la prostitución, el abuso y el crimen. Una mirada terrible es la que nos muestra, una violencia descarnada, la de aquellos que no han logrado acomodarse y sucumben a la asfixia social. El cuento que da título al libro, “Sanguaza”, empieza así:
Nosotros fuimos los primeros en llegar al barrio confundiéndonos con el polvo del camino y los raigones de maíz que sobresalen como tétricas lanzas enterradas, resecadas por el sol y el viento caliente del verano. Llegamos por separado, pero cada uno dibujó la misma sonrisa al encontrarse con los montículos de tierra y una pequeña choza techada con palos de bambú y forrada con bolsas plásticas cubiertas de barro y piedra para que el viento y la lluvia del invierno no la fueran a destechar.
Y el relato prosigue con las vivencias de los moradores en la falda de un cerro que de pronto ven trastocados su orden por la llegada de una familia agresiva, violenta.
Todos se fijaron en ellos como si llegaran de otro planeta. Desde el principio les agarramos temor. “Pichán” era un tipo fornido, con aires de bravucón; complementaba las órdenes que daba a sus hermanos levantando algunas de sus cejas. Si no le hacían caso lanzaba un grito de animal camino al sacrificio. Su valentía se amparaba en ser mayor que nosotros por tres o cuatro años y en el apoyo que le brindaba su madre, una morena que carajeaba a cada uno de sus hijos de lo más lindo, incluyendo a un tipo que tenía como amante.
Los adolescentes se ven obligados a pelear con los recién llegados para defenderse, aunque  después entablan relaciones menos agresivas con ellos:
Fue por esa época que descubrimos que las dos hermanas de Pichán no usaban calzón. El primero en notarlo fue Coco, una tarde que jugábamos a las canicas con ellas, quien se quedó prendido, con los ojos vergonzosamente abiertos, sin atinar a nada.   
………………………….
Hacíamos turnos para mirarlas y saltar como canguros alocados sin que ellas pudieran entender nuestra angustia….
Y tal vez nunca se hubieran dado cuenta a no ser por la aparición inoportuna de Pichán.
……..
Ahí se armó la buena. Pichán nos recordó a nuestra madre como se le vino en gana y a ellas las llamó de putas y recontraputas, mientras las iba jalando del pelo e intentaba introducirlas a su casa. Corrimos hasta la esquina esperando escuchar los gritos a que nos tenía acostumbrados. Pero lo que se escuchó fueron carajos que largaba la hermana mayor, opacando la voz de Pichán: “¿Y que tiene? ¿acaso me van a comer? ¡Los ojos se han hecho para mirar, negro huevón!”

Pero hay más historias, 14 en total, casi todas marcadas con la tragedia; algunas atenuadas por la ironía y la maestría para narrar que tiene Juan Rodríguez Pérez. Eso lo que hace que asistamos arrastrados a este espectáculo variopinto de personajes populares, compadeciéndonos, en alguna historia de la penosa suerte que nos muestra su autor. Es, digamos, parafraseando una etapa del cine italiano, una suerte de neorrealismo literario, crudo, con angustias, de seres sin voz, parecidos a los personajes de “La palabra del Mudo”, solo que estos han caído más bajo; no son seres fracasados o temerosos, son marginales que viven, en algunos casos, fuera de la ley, sin ningún poder de redención. A esa faceta de la realidad, Juan Rodríguez Pérez nos ha obligado a mirar, como recordándonos lo que ha sido la formación de los distritos periféricos de Lima, y resaltando que, en arte, hasta lo grotesco y repelente puede ser retratado por ésta.

La Literatura y la Historia, mediante la mano maestra de Juan Rodríguez Pérez, una vez más se dan la mano.  

Lima, 31 de julio de 2015

Jack flores vega