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lunes, 13 de abril de 2015

LIBRO DE HAIKUS


Libro de Haikus
NÓSTOS, DE ELIO OSEJO


Leer un libro de Haikus en la poesía peruana actual es una sorpresa. Lo que no quiere decir que antes no se haya cultivado dicho arte japonés. Ya nuestro eximio poeta José Watanabe, si bien no fue pródigo en este género poético, sí exhibía en su obra el espíritu del Haiku. Diferente a él, otros artistas latinoamericanos sí hicieron de la escritura del Haiku parte de su vida. Borges y Octavio Paz fueron quienes más llamaron la atención en dicho arte. El primero por escribir un libro luego de su viaje a Japón, y el segundo no solo por escribir logrados haikus, sino también por traducir un libro de uno de los fundadores del Haiku, el poeta japonés Matsuo Basho, “Oku no Hosomichi, Sendas de Oku”, que es una mezcla de diario de viaje intercalados con poemas haikus. Un hermoso libro. Pero lo que nos llama la atención ahora, en el presente inmediato, y evoca -con sugerencia y brevedad, con espíritu de haiku- es el libro reciente del poeta y narrador residente en Huancayo Elio Osejo. Su libro: Nóstos, está compuesto de 366 haikus, y tiene notables composiciones, convirtiéndose así en uno de los singulares cultores del género en el Perú.  Aquí una muestra:  

Rugen las olas,
El mar contra la roca
Noche en el puerto.

Aquí tenemos un típico poema haiku, versos de siete, cinco y siete silabas, con el último verso operando como un desenlace.  Entonces ya podemos tener una idea de la forma y espíritu del Haiku: el asombro y emoción, el asir el presente y fundirse en él, la relación con la naturaleza y la percepción directa de las cosas.

Tras las montañas
El destino me espera
Silban las ramas

Esto es haiku, evocación, reflexión, profundidad. El lector tiene que completar estas tres experiencias: la del poeta, la del lector mismo y la de la naturaleza. Pero no solo hay la relación con la naturaleza, el fundirse con el presente, sino también está el amor y desamor; esto último parece extenderse a lo largo del libro.  

Amores muertos
Se desprenden del alma,
Hojas de otoño

Cruentas palabras,
Cadáver exquisito.
Monotonía.

Tragedia matizada, evocación, la aparente suave melancolía es lo que muestran los haikus de desamor de Elio Osejo. Y también imágenes, gran creación de imágenes que observamos impávidos.

Te di mis alas,
Pisoteaste mis sueños,
Caída libre

Alas de arcilla
Y corazón de piedra,
Me amaste un día.

Pero no solo hay referencia al amor en el libro, sino también a la poesía misma, que como trampa, ha hecho caer al poeta, y lo tiene a su merced.

Literatura,
Seductora mentira,
Te pertenezco.
Y para concluir, un haiku más extraído del libro de Elio Osejo, que despierta nuestra emoción  a través de la sugerencia:
Así es la vida;
Lo pasado, pasado,
Fin del poema.

Pero estamos seguros que el poema no terminará, y que Elio Osejo, cual mago prestidigitador de la palabra, sacará otro texto de su manga y nos regalará otra magia que nos haga emocionar estéticamente. Por el momento, contentémonos con leer estoy haykus que los maestros Basho y Yosa Buson, lo llamaban también poemas para el camino. Y ya sabemos que el camino de la poesía es largo, muy largo, casi infinito. Mis felicitaciones para Elio, y mi homenaje en este sencillo haiku:

Suave murmullo
Emerge de tu libro
Cantor de lo breve


Lima, 12 de abril de 2015

Jack flores vega

miércoles, 18 de febrero de 2015

NOVELA DEL FEMINICIDIO DE CARLOS RENGIFO


Novela del feminicidio
UN ALIENTO EN EL OCASO, DE CARLOS RENGIFO


Leer o enterarse de la aparición de una novela sobre la violencia política no es algo raro en el Perú, dado su historial apocalíptico reciente. Pero leer una novela de la violencia  feminista, a pesar de la fuerte connotación  machista en nuestra sociedad, sí es algo raro en el país, porque generalmente no se escribe sobre ella; peor aún, no hay una corriente literaria que abone a favor de ella -en narrativa me refiero, porque en poesía sí tenemos casos, empezando por la chica mala de la historia/ la que le puso cuernos al marido….-. Pero volviendo al punto, cabría preguntarse, ¿por qué, dado el machismo y feminicidio imperante en los distintos estratos sociales, no se tocan esos temas en la narrativa peruana? Quizás, para algunos escritores sea un tema menor, no atractivo; o quizás se deba al hecho de que la novela de la violencia, la de la guerra interna, ha monopolizado y opacado otros temas. Sea cual sea la respuesta, el hecho es que tenemos a un notable narrador que ha venido tocando este tema sin miramientos, obedeciendo quizás a sus demonios sensitivos o su curiosidad literaria. El caso es que la novela “Un aliento en el ocaso”,  del escritor limeño Carlos Rengifo, es una joya más de su producción, y en la que, me atrevo a afirmar, exhibe sus mejores logros: un enorme poder de persuasión y un talento narrativo solvente, lo suficiente para inmiscuirnos en esta tara y desenmascarar lo que, a la postre, quizás sea la mayor muestra de análisis y consecuencias de este mal imperante en la sociedad de hoy.
Pero no es una novela de denuncia, tampoco una novela de tesis, es una novela de buena envergadura que se preocupa más de contar la historia, de hacerla creíble, y regalarnos un momento de solaz, a la vez que nos inmuniza (aunque sea temporalmente) contra este mal du siecle de país emergente. “Una obra muestra, no demuestra”, es la consigna que enseñan los manuales. Y así nos ha convencido el narrador con esta obra.

Luciana Valverde es una adolescente que se enamora de un compañero de su colegio Matías, un muchacho de un hogar desestructurado, totalmente celoso que busca controlar a Luciana.   
         -¿Por qué lo saludas? –me espetó entonces Matías.
         -¿Qué? ¿Acaso no puedo?
        -Eres demasiado coqueta –dijo-, se ve que te derrites por él. Me estás faltando el respeto,  
        Luciana. No deberías hacerlo, y menos frente a mí.

Y luego la protagonista, que es la que cuenta la historia, nos dice:
No vi venir la transformación hasta que estuvo aquí, tan oscura como inesperada, batiendo sus alas de intolerancia en un aire enrarecido, difícil de respirar. Sin que nadie se lo pidiera, Matías de pronto empezó a ser mi perro guardián, mi sombra, el gruñón que espantaba a todo aquel que pretendía acercárseme.

Y el relato va in crescendo hasta culminar con la muerte de la protagonista.
Con el personaje como alma en pena empieza la segunda parte de la novela, y allí es donde el talento mágico del escritor nos convence de hechos que, aunque parezcan inverosímiles en la vida real, son creíbles en la ficción. Y poco a poco va hilvanando y reflexionando, cargándonos de sorpresa y curiosidad por conocer el resto de la historia. Mágica, fabulosa, un regalo al paladar, es lo que se podría afirmar al terminar de leer.
De este modo Carlos Rengifo ha mostrado una novela madura, de enorme peso existencial, de magia narrativa e imaginación. Sin duda sus mejores atributos novelísticos están comprendidos aquí. Un aliento en el ocaso se convierte así en una novela que todos deberíamos leer, que todos debemos leer, desde adolescentes hasta adultos, y desde adultos hasta el más allá, para comprender y cuestionarnos lo que somos y lo que engendra esta sociedad. ¿No dicen que un escritor es una piedra en el zapato para la sociedad, un espejo en el que otros ven sus rostros? Bien, sin duda, el mejor rostro de Carlos Rengifo está aquí, veámoslo.  

Lima, 18 de febrero de 2015

Jack flores vega  

martes, 17 de febrero de 2015

La Nada

Relato 
LA NADA


Aquella noche llegué a casa adolorido. Solo entonces he podido comprender el dolor de Jesucristo al cargar una cruz que no era tan solo pesada sino también lacerante.

Había saboreado la dicha. La felicidad me perteneció, y por unos días tuve los sueños más bonitos que me hicieron ver que la felicidad estaba al otro lado de la orilla, esa orilla que no pude o supe cruzar.

Sucedía lo de siempre. Las risas que desempolvaban alegrías viejas y las palabras que se cargaban de emoción y se disparaban para dar en el blanco, en el centro del corazón en donde iban abriendo el camino por el cual discurriría la ilusión. Después, a la salida, mi pretensión de acercarme a ella y hacerme parte de su vida. Y ella con su huida, sus pasos precipitados buscando la compañía de otra persona para que la acompañe a su casa.

Todo era desconcierto para mí. Y así sucedían los días; la misma rutina. Pero nada permanece igual. Y el camino vino abrupto, despiadado a quitarme la poquísima alegría que a mí me bastaba para ser feliz.

Mirta Bracamonte siempre demostró ser rebelde y opuesta a los prejuicios de la gente. Entraba a su juventud con la espada en una mano y, en la otra, el código de justicia por ella misma redactado. Tales eran sus armas con las que blandía sobre la mente de las personas.

Y se puso a criticarme y a darme su perorata de buen comportamiento y buen juicio. Y yo no se lo permití…. Y ella no me lo perdonó jamás.

Yo estaba en risas con Matilde en el interior del aula que se había convertido en mi nido de primavera. No encontró Mirta, mejor ocasión de intervenir para vengarse. Y susurrando al oído de Matilde, cual moderna Celestina, le iba incubando ideas deformadas de mi persona. ¡Y Matilde demostró ser tan voluble! No tardó en ponerse en mi contra.

La tortilla estaba volteada. Mi arrebato de cólera fue lento pero creciente. Y no era para menos: me quitaban la sonrisa. Uno va resistiendo el pesar, acostumbrándose a vivir así, pero nada permanece igual.

Se presentó Tintín con su presencia avasalladora y encontró el deseo en Matilde. Antes, como buen abogado que era, me dijo: “o te mandas de una vez o ella será mía.” No hay peor frase para lanzar a uno al abismo.

Las ideas se sucedían en mi cabeza tratando de hilvanar el mejor plan para acercarme a ella. Pero Tintín no espero más de un día. Lanzó otra vez su frase, pero ya no a mí, sino a ella: “Matilde, le dijo, estoy pensando que verso dedicar a tu belleza.”  Y fue un estallido de emoción para ella. Y para mí, traición. Tintín no respetó mi presencia. Y ahora la alegría de ella ya no era para mí. Estaba acabado. Decidí dar la vuelta a la página y asumir un fracaso más al corazón.

Pero Matilde no se quedó callada. ¿Quién entiende a las mujeres? Viendo mi indiferencia total hacia ella, me lanzó frases hirientes. Respondí. Y así estuvimos, pero, ya lo dije, nada permanece igual. Dándome cuenta que la guerra podía ser mucho más feroz, decidí apaciguarme. Pero, ¿quién controla las emociones?

Al día siguiente estalló la batalla, mucho más encarnizada de lo que pensaba. Ella lanzó frases amenazadoras, levantó tanto la voz que hasta en las montañas se podía escuchar, pero yo, sereno y provocador, decidí la batalla a mi favor. Todos los compañeros del salón de clases se asombraron de esta ruidosa batalla. Y se habló de ella entredientes durante algunos días.

Y así terminó todo. Lo demás no merece la pena contarse. No nos dirigimos más la palabra y nos tratábamos como extraños… y alguna que otra burla indirecta.

Y eso es todo lo que puedo decirte sobre el arte de escribir cuentos: cuando uno quiere lograr algo, surge la dificultad. Y cuando se intenta superarla, surge otra dificultad mayor, agregando tensión a la acción. Y luego vienen el final: natural e inesperado.


Jack flores

martes, 30 de diciembre de 2014

EL SPLEEN DE CÉSAR ÁVALOS: MINÚSCULO DIARIO


Libro de poesía

MINÚSCULO DIARIO, DE CÉSAR ÁVALOS

La poesía es el arte mayor, porque es el arte que más abstrae, decía el poeta portugués, Fernando Pessoa. Y es verdad. Concentra mucho. Dice mucho. Y está llena de intensidad. Y pasión. Y también de cambio. A lo largo del siglo XX la poesía experimentó diversos cambios, y se llenó de diversas escuelas. Y uno de aquellos cambios que la diferenció bastante con respecto a la forma poética clásica, tiene que ver con la poesía en prosa. Se conservó los elementos de tema y objeto y actitud del poeta, pero se cambió la rima y la métrica. La poesía tomó otro cariz. Y entre aquellos que contribuyeron tremendamente a este cambio está el poeta francés Charles Baudelaire, el poeta maldito. Y lo hizo a través de una de sus obras: El Spleen de París, la cual influyó en otros poetas y escuelas. En la actualidad la poesía en prosa ha devenido en un ejercicio natural, y goza de buena salud. Una vez más la encontramos en esta pequeña y bella obra: Minúsculo Diario, del poeta César Ávalos; la vemos asimilando letras de canciones, guiños a otros autores, versos cortos, largos, destrucción de palabras, gritos, pesadillas; todo, en  esta breve composición poética, está escrita para atormentar:  

Me cruzo con el youngker mas extremo y fiero de este barrio, esos que andan con el demonio dentro. De esos que hablan de drug and kill.
Le miro y le sonrió.
-No, paso-
Entonces huyo. Porque a veces es bueno huir.

Cual crudo existencialista, todo lo que observa el poeta en su corto recorrido lo transforma en poesía:

Me regreso del pecado y busco una lux. Una. Aunque sea una sola
Solita lux.
Quiero ser yo quiero ser libre
Pero en verdad quiero estar lejos. Con la soledad no se puede: o la habitas o te habita. Dulce / salada: tú escoges.

 Y su individualismo exacerbado, su aire de no estar bien en ningún lado nos acompaña, lo tiñe todo, y pareciera buscar una salida:
                                     Una página en blanco…

                      Una escena por construir para luego destruir.

Es difícil acompañar al poeta, es difícil agarrar su poesía y sentarla en las rodillas de uno. Encontrarla bonita, fea. No sabemos, pero asistimos a su ritual:

Siempre es noche aquí adentro, pero la belleza no cambia. La luz se apaga. Cerca-lejos. Uno está distante. Uno es un paso-dos a veces…Quizá tres…Uno nunca sabe lo que ha de suceder. Los pasos pueden ser un olvido o una vibración. Golpe de luces que llega a la retina. Te achicas, tambaleas. Caes. Duermes exhausto. Casi malhechor. Malhechor exhausto. Casi delincuente. Es esto poesía lo que siempre llega así. De golpe.   

El spleen de Lima, de César Ávalos, cuestionando su existencia, está servido, a ver si lo acompañamos con dos pernods...y nos embriagamos. Salud.


Jack flores vega


Lima, 29 de diciembre de 2014

lunes, 15 de diciembre de 2014

LA NOCHE Y SUS AULLIDOS, DE SÓCRATES ZUZUNAGA




Novela sobre la violencia interna  

Dolor y tragedia nacional en La noche y sus aullidos, de Sócrates Zuzunaga


Leer obras literarias sobre la violencia subversiva  –sea novela, cuento o ensayo- siempre es motivo de polémica. Algunos tildarán de apologista a tal autor, o defensor del régimen, o simple recolector de historias del libro de La Comisión de la Verdad; otros preferirán ignorarlo o desdeñarlo y darle poca difusión -dado que no es el tema que lo sienten cercano-. Lo cierto es que un autor no toca un tema porque le gusta o le disgusta, toca un tema porque eso es lo que le ha impactado. Toca un tema porque lo siente cercano a su ser, sin imponérselo,   porque lo ha sentido o lo ha visto o padecido. Eso es lo que se vislumbra en esta novela “La noche y sus aullidos”, donde su autor nos transmite, nos hace sentir toda la tragedia nacional acaecida en la época de la violencia interna; sobretodo, el sufrimiento de los habitantes del ande, de la sierra de Ayacucho, donde se inició el conflicto.
No sé si esto se pueda leer como una larga crónica o como un testimonio. El caso es que yo anhelo que tomen esto como una experiencia inolvidable para mí, por lo trágico y casi inverosímil de los hechos.” En aquel lugar conocí al señor Clemente, un campesino ayacuchano que ahora vive solo, en una covacha de quinchas y adobe, trabajando en ocasionales labores agrícolas, lo que le permite seguir respirando los gélidos aires de Kolkamarca.” 
El que dice esto es un periodista a quien el campesino Clemente le ha contado los terribles sucesos que se narrará en la novela. Pero la verdad es que lo que dice el periodista (quizás alter ego del autor) es parte también de la novela. Y eso es lo que se ve en esta robusta novela  del escritor ayacuchano Sócrates Zuzunaga. Sorprende su estructura, las voces alternadas que se van intercalando a lo largo de la historia. Los protagonistas cuentan y cuentan, y opinan. Y uno va conociendo el desarrollo de las historias conforme avanza, y claro, el desarrollo de las historias no siempre es lineal. Hay datos escondidos que luego se van revelando. Hay técnica, un alarde de técnica.  También hay cuentos incrustados que le dan realce o complemento a lo que se propone el narrador: dotarle de poder de persuasión,  dotarle de énfasis, de vida.   

“En las calles del pueblo había más milikos que estaban correteando de aquí para allá, arreando a la gente hacia la plaza; a algunas mujeres, que no querían ir, las estaban arrastrando de los pelos y las estaban pateando en el culo. Los niños lloraban…”

Dolor es lo que experimenta uno al terminar de leer la novela, repudio, pena. ¿Cómo pudo pasar esto? O como una persona de la capital alguna vez se preguntó: ¿Dónde estábamos nosotros cuando todo esto pasó? La respuesta la encontraremos al leerla.
¿No dicen que la novela es forma? Es verdad, es forma, porque el fondo lo pone uno, el ser interior de uno que capta lo que siente: Toda la violencia que se vivió en el país, toda la opresión y el resentimiento, toda la crueldad, los abusos. Y la pobreza como caldo de cultivo que alimentó toda esta violencia.  
Tiene una gran forma esta novela. Difícil resistirse a no premiarla –ganó uno de los máximos premios que otorga el país-, difícil no reconocer que perdurará, como una voz humilde que clama por hacerse escuchar. Como le pide al final el campesino al periodista: “escríbalo así, tal como yo luey contau pa que la gente sepa la verdad de las cosas… y no creya que por aquí solo pasó la lluvia”. Eso es lo que nos quiere mostrar este campesino. Su verdad, nuestra verdad, nuestra tragedia. No nos avergoncemos, no. Afrontémosla. Solo así lograremos hacer que ese terrible capitulo de nuestra historia nunca más se vuelva a repetir.

Jack flores vega

Lima, 15 de diciembre de 2014

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL POETA QUE TOCABA TAMBOR, DE MAYNOR FREYRE


Novela sobre un poeta de la generación del 70 
EL POETA QUE TOCABA TAMBOR, DE MAYNOR FREIRE
                                                                            
Pocas veces he leído en la literatura peruana, un libro que entretenga tanto, un libro que es una mezcla de ficción y realidad -incrustaciones de hechos reales-, que es a la vez un homenaje y una especie de crónica –sin llegar a serlo-, y que tenga en su contenido una música de candombé, tambor y orixás; y un lenguaje y figuras cuasi rabelesianas. Sí, porque esa es la impresión que me da al leer la novela breve El poeta que tocaba tambor, de nuestro queridísimo amigo Maynor Freire, escritor de larga data. Sorprende que esta novela no solo sea un homenaje a un poeta y amigo de su generación, sino también una manera de ver el pasado, un recorrido hacia atrás de la historia de un grupo -la gloriosa generación del 70, aquella que hizo que la poesía peruana, el arte en general, tomara las calles, se desparramara y surgieran poetas incendiarios desde cualquier rincón del país-. Pero el libro no es una memoria –aunque hay atisbos de eso-, es un homenaje, es un canto de amistad, de camaradería, de sueños. Es una parte de la “historia” de un grupo poético, del cual, uno de sus integrantes, Manuel Morales, El poeta que tocaba tambor, está ya fallecido. Murió en Porto Alegre, Brasil, adonde había ido a vivir, enamorado de una mujer, y porque en el país “ser poeta es más difícil que levantar una mesa con los dientes, no se lo deseo ni a superman.” Y nos regala Maynor unos viajes imaginarios y reales hacia el Brasil, nos regala diálogos imaginarios y también reales, nos resucita a personajes de las obras de Jorge Amado y arma y desarma su baile, sus orixás para edificar la vida traviesa del poeta. Eso es lo que tiene de   novedoso este libro, mezcla de peruano y brasileño, mezcla de fantasía y color. Maynor hace un sincretismo, hay elementos de peruanidad y personajes brasileños, todos ensamblados para edificar su canto festivo al amigo, a la generación, al Brasil de Jorge Amado.

Por eso me metí en Salvador al rincón aquel donde se danzaban las músicas verdaderas afrobrasileñas, el candombe, los homenajes a Yemanyá que me entusiasmaron hasta romper mi abstinencia y luego meterme a bailar con una de las impresionantes negras, hasta que creo a causa del trago y la danza sufrí un repentino vahído y me desperté aquí a tu lado, en la Bajada del Pelourinho –le contaba a Manuel Morales.

 El autor dialoga con su personaje principal, juega con los hechos reales hasta transformarlos y hacer un recorrido fantasioso, festivo por la vida y obra del personaje –y en parte, por la de él mismo, por su época y la complicidad de la poesía y narrativa. Maynor Freire, con El poeta que tocaba tambor ha edificado un arte auténtico, ha puesto su sangre ahí y se ha puesto a bailar contagiado por el lugar donde el poeta Morales decidió radicar.  
Maynor ha tocado el tambor, conviene ahora que como retribución nos empapemos de este libro y le respondamos. Nuestro tambor también puede alcanzar a los oídos de él, de sus personajes, y celebrar. Es su ejemplo.
Y no podemos irnos sin decir unos versos del poeta Manuel Morales, inspirador de esta obra:  
                 Si tienes un amigo que toca tambor
                Cuídalo, es más que un consejo, cuídalo
               Porque ahora ya nadie toca tambor
              Más aun, ya nadie tiene un amigo
               ………………………………………………

Maynor, con su novela ha demostrado que sí es un amigo, y que el tambor lo tiene listo, para cuando la ocasión y la inspiración lo decidan. Bien por él y por todos los que amamos la literatura. Nuestra gratitud es imperecedera.
Salud. (con caipirinha incluida, aunque estemos lejos de Porto Alegre).

Lima, 19 de noviembre de 2014

Jack flores vega

martes, 23 de septiembre de 2014

LA MAGIA CUENTISTICA DE JUAN RODRIGUEZ PEREZ


Cuentos de la Selva

LA VIEJITA QUE HACIA TEMBLAR A LA LLUVIA, DE JUAN RODRIGUEZ PEREZ


Leer literatura de la Selva es una delicia. Para la gran mayoría de peruanos, la selva representa ese paraíso mítico del que uno ha sido fatalmente expulsado o impedido de entrar, un mundo al que uno quisiera ingresar para no volver a salir nunca. Y es que hablar de la selva del Perú, de la inmensa selva que abarca gran parte del territorio del país, es hablar de un mundo misterioso, placentero, escuchado solo de oídas y transmitido de boca en boca; un mundo donde la tradición del relato oral se mantiene vigente y cobra más fuerza con la imaginación personal que cada transmisor le va agregando. Un mundo que muestra el colorido de su ambiente, la gracia y el amor de su gente…y sus conflictos, también; conflictos de relaciones familiares, de dolor, muerte, amor, misterio y hasta de situaciones sencillas como las disputas intrascendentes  de muchachos. La excelente prosa de Juan Rodríguez Pérez lo toca todo, y todo lo transforma en maravilla. No hay en él una pretensión de experimentar ni alardear con estructuras o puntos de vista, no. Su grandeza es distinta: lo mágico, misterioso y simple lo convierte en gran arte narrativo y nos lleva a experimentar ese gozo que por algunos instantes nos permite viajar y alejarnos de lo cotidiano. Claro, su mundo no está poblado de chullachaquis, de runamulas, bufeos colorados, o cualquier otro ser misterioso propio de la literatura de la selva y que algunos narradores o recolectores de leyendas cultivan con poco o buen éxito, no. El de él es de la vida cotidiana, de asuntos de la vida común, que, aunque a veces parezcan extraños, son comunes en ese mundo…y en el nuestro también. Una muestra:
A doña Francisca se le vinieron los años encima. Había cumplido setenta, de los cuales 50 los pasó entre la chacra y los cuidados de sus hijos. Poco a poco vio morir a la gente de su entorno, a sus amigos de generación; y se dio cuenta que iba quedándose sola en un pueblo que, para ella, había perdido su encanto desde que se aparecieron unos jóvenes extraños armados hasta los dientes, buscando refugio montañas adentro, huyendo de los militares que los perseguían día y noche, sin tener en consideración a la población que no sabía en qué lado colocarse.
 Su arte narrativo despliega toda la sencillez para contarnos un drama social e individual: la de una mujer que había visto desaparecer a su esposo y luego a sus hijos, y que en su casa, balbuceando y delirando, solo espera y llama a la muerte.
A pesar que en el pueblo se había dejado la tristeza y el miedo y los militares dejaran de aparecerse, ella notó que la tristeza y soledad empezaban a buscar un espacio en sus huesos y en cada uno de sus poros. Prefería quedarse en casa, cantando canciones tristes, llorando cuando el perro se acercaba a lamerle los pies.
Al final, la mujer encuentra la muerte, pero no del modo como ella lo deseaba. Un relato impresionante, propio de un notable narrador. Juan Rodríguez Pérez es el narrador de la selva, uno de sus mejores cultores. Su libro La viejita que hacía temblar a la lluvia, así lo demuestra.
Otro relato notable es ¿Pasos? Un hombre va de regreso a su casa por el camino de la selva, la noche cae y de pronto escucha pasos. Hace uso de su escopeta, pero no logra deshacerse de ese ser que lo persigue. Durante el resto del trayecto va experimentando esa angustia, la de sentirse perseguido, amenazado de muerte. Al final termina salvado por unos cazadores. Pero el misterio del perseguidor no se revela. Pervive aun en la mente del lector.
El cuento La viejita que hacía temblar a la lluvia es otra magia, al igual que los otros cuentos que contienen el libro -18 en total-. Y que el lector, al empezar, no podrá dejar de leer.
A pesar que el sol empezaba a retroceder para dibujar en el cielo estelas brillantes que buscaban refugio entre los árboles, sentía que el calor tomaba posesión del pueblo, obligándome a penetrar en un bar que estaba al costado y era atendido por una señora algo entrada en años, pero que conservaba un cuerpo que debía haber tenido su buena época. Pedí una cerveza. Vi que la señora le hacía seña a una jovencita que limpiaba una de las mesas.
-¿Quiere que le acompañe? –preguntó la muchacha, esbozando una leve sonrisa y mostrándome una silla.

No hay más que decir. La invitación a leer está hecha… y a disfrutar con la magia de la buena narrativa. La viejita que hacía temblar a la lluvia, de Juan Rodríguez Pérez no decepcionará a nadie.

Lima, 23 de septiembre de 2014


Jack flores vega